De repente, WhatsApp e Instagram se llenaron de mensajes críticos y comentarios de personas heridas que anunciaban su “divorcio” de Argentina. Un goteo constante de opiniones, análisis y conclusiones amenazan con afectar al mayor activo del “soft power” nacional: Lionel Messi y la Selección Argentina.

“Siempre apoyé a Argentina, pero después de ese partido, nunca más. Fue una vergüenza”, escribió un ingeniero que se identifica como “musulmán” en su perfil de Instagram.
Amir, residente en Dubái, agregó: “Fui a Argentina tres veces y tengo grandes amigos allá, pero estoy furioso con Argentina por apoyar el genocidio en Palestina. Es terrible verlo; solo Estados Unidos hace algo similar. El partido del otro día fue típicamente argentino: violencia en la cancha, victimización y racismo por parte de jugadores e hinchas. En el último Mundial le dijeron ‘mono’ a Mbappé. Messi es una persona genuina, pero también ha actuado de forma arrogante e desagradable”.
El ya histórico 3-2 sobre Egipto encendió los corazones y el alma de toda Argentina, pero también la arrojó a una mezcla turbulenta de fútbol y política. Esta vez, la responsabilidad no recae en Donald Trump.
En esta “batidora” se mezclan diversos factores, a menudo sin sentido ni lógica, y en ocasiones con falsedades históricas y fácticas. Desde la política exterior de Javier Milei, con su apoyo incondicional a Israel y el distanciamiento del mundo árabe, hasta los cánticos racistas contra Francia durante la apoteosis de 2022; pasando por la característica arrogancia argentina que lleva a burlarse y ridiculizar a chilenos, colombianos, mexicanos o uruguayos, quienes a su vez responden con fuertes críticas hacia los argentinos en programas de televisión y plataformas de streaming, muchas veces rozando el ridículo.
En la era de los algoritmos y los extremos, las redes sociales alimentan un debate bajo el título “Argentina es un país racista”.
Como antecedente, cabe recordar un artículo publicado en pleno Mundial 2022 por The Washington Post, que planteaba en su titular: “¿Por qué no tiene Argentina más jugadores negros en su selección?”.
Analizar el mundo desde el prisma, la historia y las culpas del propio país —en este caso Estados Unidos— suele conducir al fracaso o al absurdo. Sin embargo, independientemente de lo que ocurra en lo que resta de esta Copa del Mundo, a Argentina, un país exitoso en la integración de inmigrantes en un mundo que parece no saber cómo hacerlo, no le vendría mal tomar distancia y reflexionar. Pensarse a sí misma una vez que la euforia y la pasión se hayan calmado.
El partido del 7 de julio de 2026 en Atlanta contra Egipto le restó a Argentina simpatías que tenía bien establecidas en el mundo árabe, donde Messi y la Selección suelen gozar de mayor popularidad que Brasil. Este último país abre otra línea de análisis: decepcionados por su propia selección, no solo en lo deportivo, cada vez más brasileños sienten devoción por Messi y admiran la garra argentina. Otros, en cambio, recuerdan a la abogada argentina que lanzó insultos racistas este verano en Brasil, o ponen la atención en el insólito “Vikingo sos un gigante” que Milei dedicó a Erling Haaland tras la eliminación de Brasil a manos de Noruega, gran socio comercial y país hermano.
Esos árabes y musulmanes que se han desenamorado de Argentina y de Messi probablemente apoyarán, en la noche del sábado, a Suiza, que cuenta con jugadores clave como Ardon Jashari o Granit Xhaka, nacidos en ese país pero de origen étnico albanés. Y si encuentran la oportunidad, volverán a denunciar “racismo”.
Pero el debate mundial no se limita a la acusación de racismo, sino también incluye la idea de que Argentina necesita “trampas” para ganar. Aquí se celebran los 40 años del “gol del siglo” y de la “mano de Dios”, siendo esta última la que para muchos en el mundo sustenta la percepción de que los argentinos recurren a la trampa.
La realidad es que el debate sobre si la FIFA está favoreciendo a la Selección argentina es estrictamente opinable; no en vano, es fútbol. Hay árabes, latinoamericanos y europeos convencidos de una conspiración, mientras que otros se enfocan en lo evidente: Argentina es una Selección con una capacidad futbolística y de lucha inigualables en este Mundial, y no hay precedentes en la historia de un país que haya remontado un 0-2 en el minuto 78 para ganar en tiempo regular.
El foco debería estar únicamente en la hazaña deportiva, pero no es así. Steve, un alto responsable de una aerolínea internacional que pasa muchas semanas al año en Argentina y viaja por el mundo, explica con cierto pesar lo que observa: “Viajo por todo el mundo y he escuchado lo mismo: la gente sinceramente cree que Argentina es un país racista. Veo memes con mapas de países que apoyan a Argentina y el mapa aparece vacío. Es sorprendente y me da pena, porque la gente no conoce la Argentina que yo conozco. Es cierto que Argentina no tiene una sensibilidad adecuada sobre el tema del racismo, pero tampoco es como se dice. Hoy, cuando me pongo la camiseta argentina en días de partido, mis compañeros de trabajo me miran con cierta distancia. Ustedes tienen que hablar de esto porque el soft power de Argentina se está erosionando”.