Son dos islotes inhabitables en medio del océano Pacífico que, para China, no son más que eso, mientras que para Japón representan un tesoro estratégico y económico. En los últimos años, Japón ha invertido más de 600 millones de dólares para proteger estas rocas, según informó Gizmodo. ¿Cuál es la importancia de este enclave remoto situado a más de 1.600 kilómetros de Tokio?

Estos dos pequeños islotes, que no superan los 10 metros cuadrados, forman parte del atolón Okinotori, ubicado a medio camino entre Taiwán y el territorio estadounidense de Guam. El atolón mide apenas 4,5 km de este a oeste y 1,7 km de norte a sur, pero su relevancia radica en que constituyen un punto clave en la región, en medio de las disputas relacionadas con la actividad militar china.
Hace una década, Japón invirtió 100 millones de dólares en la reconstrucción de un puesto de observación en el enclave, acción que reavivó la larga disputa territorial marítima entre Tokio y Pekín. Aunque China nunca ha reclamado formalmente Okinotori, la fuerte inversión japonesa no es bien recibida en Beijing, especialmente porque la zona posee ricas áreas de pesca, potenciales depósitos petroleros, otros recursos energéticos y metales raros.
El estatus de estas rocas, cuya condición como islas está en disputa ante el Derecho Internacional, concede a Japón una Zona Económica Exclusiva (ZEE) de más de 430.000 km² alrededor del atolón.
China insiste en que Okinotorishima son meras rocas inhabitables y, por tanto, no deberían otorgar a Japón derechos para ampliar su zona económica. En contraste, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar define isla como «un área de tierra formada naturalmente, rodeada de agua y que está sobre el agua durante la marea alta». Además, establece que «las rocas que no puedan sostener la habitabilidad humana o la vida económica por sí mismas no tendrán derecho a una zona económica exclusiva».
Para consolidar el estatus de isla, Japón implementó un plan que incluye la creación de islas artificiales mediante la adición de miles de toneladas de arena y cemento, a la vez que evita la desaparición de los lechos de coral por debajo del nivel del océano. Desde la década de 1980, el país ha invertido más de 600 millones de dólares en la construcción de rompeolas de acero y cubiertas de cemento para evitar la erosión de los dos islotes que emergen durante la marea baja. Un tercer islote visible está protegido por una red de titanio que lo resguarda de los escombros arrastrados por las olas.
Además, Japón construyó un observatorio de tres pisos desde el cual se monitorean los barcos que transitan la zona y se recopilan datos relevantes del área, reforzando así su control sobre este enclave estratégico.